Sin prejuicios de género




Llevo varios días dándole vueltas a una sola pregunta: ¿cómo escribir sobre equidad sin que la gente se sienta tan "incómoda" que termine por abandonar estas líneas para abrir un video de Lady Gaga en YouTube? Finalmente, caigo en cuenta de que no hay manera de hablar de equidad sin que nos sintamos aludidos, interpelados, cuestionados. Porque en este escenario, nos guste o no, somos actores y tomamos algún rol, ya sea como observadores, cómplices, repetidores irreflexivos de alguna postura o verdaderos agentes de cambio.


Busco algunas pistas para entender de dónde viene el sexismo que aún divide nuestro país. Lo que encuentro es que la inequidad de género sigue teniendo su raíz en la perpetuación del sistema de valores de la "bonita" familia mexicana, cuya dinámica (patriarcal, misógina o machista) se recrea y legitima en los medios de comunicación masiva, y se refuerza con las "políticas" que se siguen en todas las esferas públicas, desde los centros de trabajo, las publicaciones de revistas culturales y hasta el transporte público.



Es curioso que cuando se hable de misoginia o machismo, muchos hombres piensen que no les afecta a ellos. Pero durante muchos años, cuando quieren llorar, elegir una carrera artística o mostrar ternura en público, son reprimidos, orillados a asumir el dolor como un aislamiento y el cariño o el arte como una "mariconada". Y aún peor, que la sensibilidad es "cosas de mujeres". Esto también es machismo, y los resultados (intolerancia, rencor, frustración, torpeza emocional...) no han sido muy alentadores.





Necesitamos de todos


Hoy en día, el machismo no es responsabilidad exclusiva de los hombres, hay mujeres que consciente o inconscientemente lo apoyan. Se trata de una especie de misoginia femenina en la que, por ejemplo, las madres consienten en darle más dinero y permisos a los hijos que a las hijas, o bien, le enseñan a sus hijas a sentir envidia de otras mujeres, a juzgarlas de rameras o tontas simplemente por su aspecto o su preparación.


Traemos muchos siglos de cultura que respaldan este comportamiento, pero, ante los nuevos retos que nos impone el futuro, no podemos seguir replicando un modelo que nos mantenga divididos. Hoy resulta impostergable dar a las mujeres que así lo quieran, las mismas oportunidades, responsabilidades, dignidad y credibilidad que a los hombres, y no por una cuestión de revanchismo histórico, sino porque necesitamos avanzar como sociedad. Es como si pretendiéramos ganar un partido de futbol con la mitad de los integrantes del equipo. Las posibilidades son muy pocas, ¿no es cierto?

En las últimas semanas he colaborado activamente en la campaña de responsabilidad social de Nuestro México del Futuro. Llama mi atención que la participación de las mujeres tiene un marcado acento en las peticiones relacionadas con el respeto a su cuerpo, su sexualidad y su dignidad, así como la equidad laboral y las oportunidades profesionales.


Nosotras no podemos hacerlo solas, ni en esta campaña ni en la vida diaria. Necesitamos que los hombres, niños y adultos, verbalicen, dialoguen y compartan ideas sobre la equidad de género. El simple hecho de expresarlas tiene un poderoso efecto expansivo capaz de modificar la mentalidad y las acciones de más personas. Los invito a hacerlo aquí, y a confiar en que una sociedad igualitaria tiene más oportunidades de hacer frente a los problemas si está unida y hace a un lado el lastre de los prejuicios de género. La muestra está en los reconocimientos que las mujeres mexicanas han recibido por su trabajo en ciencias, artes, deportes y otros campos que antes eran dominio exclusivo de los hombres.



Termino esta reflexión con las palabra de una mujer experta en el arte de contar historias, Isabel Allende. Ella sabrá mostrarles, de otra manera, lo importante que es empoderar a las mujeres para comenzar a trabajar juntos.




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