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– estertores –

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    y ella decía escribo y rompo pero yo digo rompo y escribo y vuelvo a romper para tratar de escribirme en estos días que ando persiguiéndome pero no me alcanzo ni con la revelación recibida anoche después de pedirle a eso que ya no sé si se llama dios vida fortuna o simplemente el universo que me muestre un espejo que no se vaya después de tomarme como   –     beber una botella de vino yo sola en viernes por la noche mientras otros socializan no es como masturbarse de vez en cuando porque los expertos lo recomiendan al ser un hábito sano y deseable para la salud femenina whatever that means y menos si el hombro izquierdo se alza durante el invierno como un grito de cariño y una trata que no se note el instinto de caracola haciendo estiramientos de normalidad calixtécnica para mujeres adultas plenas de lucidez       –     un pedazo de paraíso robado a la convención de la fidelidad que nos precede más allá de las cuestion...

Máquina de encuentros

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(PLAY) Mi música es máquina del espacio-tiempo. Al escucharla soy la que soy en las otras vidas que estoy viviendo en el aquí y ahora del universo mœbius. Los sonidos me transportan, habito con mis otras yos mientras dura la melodía. Simultáneamente, las otras yos viajan a la cápsula de encuentros maravillosos que crea la música. Las que soy, las que en la línea del tiempo humano he sido y seré, nos unimos en una esfera de sonido. Y somos, bailamos, nuestras sustancias se confunden y renacemos sin morir. Hasta que el silencio nos lleva de regreso. Yo pongo STOP (a veces replay ). Ellas –o tal vez ellos– despiertan de un sueño, salen de un estanque, bajan de un ave o del suspiro que sigue al éxtasis. Sé que es así porque mi pecho revienta pidiéndome que no se termine el milagro, porque el viaje no ocurre en la memoria de las palabras o de la razón. El viaje sucede en mi cuerpo.

Parabienes desde el Sur

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Foto Gabriel Morales I Me comí la ensalada y el jugo de manzana por pura disciplina, porque con el estómago vacío no podría escribir esto que crece como neblina dentro del pecho y no me deja respirar. Hoy se casa Álvaro, uno de los hombres a los que más he querido en mi vida, uno de los mejores amigos que alguien pueda tener. El Tom Sawyer de mi Huckleberry Finn. Hace tres años que no sé nada de él, pero lo quiero igual que la última vez que nos vimos. Porque la amistad no sabe de cronologías; cuando dos amigos se separan, lo que sienten queda suspendido dentro de una esfera en el kayros . Y si vuelven a estar juntos, la esfera se abre y reanudan la vida con la emoción de la última vez. ¿Qué emoción sería la suya que no quiso volver a saber de mí? Acaso no había una, sino dos esferas, y en ellas cada quien guardó distintas sustancias amorosas. Lo llamé, le escribí varios correos, pero nunca respondió. Insistí una, dos, tres veces. Nada. Lo intenté ...

La abuela Olga

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Olga Orozco y Alejandra Pizarnik Estoy empezando a estudiar la obra de Olga Orozco. No la conocía. Curioso –lo digo con ironía– que ninguno de mis maestros la hubiera nombrado antes. Ahora que fui a Buenos Aires me la encontré de frente en una librería, me miraba desde la portada de  Poesía completa , publicada por Adriana Hidalgo editora. La leí un buen rato y nos amigamos de a poco, porque las dos somos desconfiadas al principio. Pasada la mutua prueba, nos reímos y me la traje para que habitara con las demás abuelas de mi voz.  Olga es quizás la más misteriosa de todas, la más filosófica y hermética –de Hermes. Es de esas abuelas que todo el tiempo te habla en profecías y te deja pensando semanas en el revés de todo lo que existe.  Ignoro a qué olía, pero imagino que había algo de nuez y lavanda en su piel. Eso me revela su voz que, dicen, era áspera, profunda.  Algo se me tuerce por dentro cuando los críticos y reseñistas haraganes insisten en llamarla ...

Son de agua

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Empiezo a reconocerlos, parecen versos pero no lo son. Si te acercas lo suficiente, podrás escuchar cómo pasa el río entre las letras. Si te dejas inundar con los ojos cerrados, verás que sus imágenes  nacieron del agua que canta toda la noche y hasta el atardecer de la página siguiente. Aunque estén interrumpidos por la cortina blanca del renglón, aunque hayan aceptado ser estanque para que los cortos de aliento no se ahoguen,  aunque el choque medido de los cantos  imite a las aves libres o en cautiverio –endecasílabas de plumaje plástico–, su naturaleza fluvial resurge como el mantra secreto del udu.  A sí, en lo secreto, cuando encuentro uno, lo desversifico, le quito la represa y lo reescribo en una línea que se tuerce y se endereza a voluntad. Estoy dibujándome una hidrografía íntima, rehaciendo mi paisaje con poemas largos y caudalosos, yang-tses, usumacintas, mississipis que desembocan en un mar que no sabría decir exactamente dónde está, p...

Que sea de viento

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No pienso morir pronto. Pero cuando ocurra, no quiero que me entierren en un cementerio ni que encierren mis cenizas en una urna –las lágrimas que más me han lastimado, porque son de sangre y dejan llagas abiertas en la pleura, son las de mi madre, frente a las tumbas de mi abuela y mi pequeña hermana.  Así que nada de piedras que hagan llorar. Nada de epitafios.  Mejor un poema, porque nunca se queda quieto, porque es un vestido prestado, una barca, un vaivén.  Eso quiero: cenizas al mar y un poema. Y si es de Marosa, que sea éste: Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,  que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos  en aquel tiempo. Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como el fuego. Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con pie punzó. Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose una a cada boca. Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que l...

90 segundos sin parar

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Salí de la universidad a las 8:40 pm, horario de verano, 24 centígrados, aire tibio, a punto de anochecer. Venía en la ciclopista pedaleando tranquilita, el casco bien puesto, contenta porque acababa de tomar una de las clases más importantes para mi investigación.  Esperé en la esquina a que cambiara del rojo al verde. Luego avancé, sin prisa. Una moto apareció de la nada para dar vuelta. No me vio, medio alcanzó a frenar, subí las piernas, golpeó mi bici y salí volando como a dos metros. Caí de rodillas, logré meter las manos. Durante algunos segundos lo único que pedía era que la moto no me pasara por encima. Afortunadamente, caímos para lados opuestos. Me asusté mucho, pero no pasó de los golpes y raspones correspondientes. Estaba entera, mis lentes cayeron lejos, pero no sufrieron ni un daño. La bici quedó maltrecha. Tuve la suerte de que una camioneta de auxilio vial estuviera en el mismo crucero. Se estacionaron y me ayudaron a levantarme. Lloré como 90 segundos sin p...

Ven cuando quieras

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Vino la Pizarnik a visitarme.  Tomamos té, salimos a dar una vuelta, elegimos unos fragmentos suyos para habitar la casa.  Me dejó el vestido que le regalaron, ese que nunca quiso ponerse.  Ella está bien -me lo dijo en secreto. Y yo me puse contenta. Ven cuando quieras, le respondí, aquí es un lugar seguro para cantar. Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los niños de la medianoche. El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles Mañana me vestirán con cenizas al alba, me llenarán la boca de flores. Aprenderé a dormir en la memoria de un muro, en la respiración de un animal que sueña. Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo porque aún no les enseñaron que ya es demasiado tarde Y sobre ...

Dos veces (o más)

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antes de despertar estaba soñando con la despedida que no tuvimos tampoco era lindo en el sueño hace días que mi cabeza me manda el mismo mensaje    lo bueno dicen es que siempre sale algo más algo como el germen de un poema o un puente o una certeza

Primavera austral

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Ayer, mientras volvía a casa en bici bajo la luz de los faroles, descubrí la danza nocturna de las corolas, un ritual que sólo el olfato percibe. Apenas se esconde el último rayo de luz, las flores abandonan el cáliz para convertirse en nubes de perfume. Uno pasa a través de ellas como un pájaro pedaleante y termina con la piel pintada de aromas, con el pelo lleno de nidos y promesas de almíbar. La primavera austral. Una piensa que esos arrebatos ya no van a ocurrir, que bajo el asfalto quedaron sepultadas las reacciones forestales del instinto. Pero no: aquí estoy, amándola en lo secreto de la entraña. Porque hay párpados para negar a la belleza diurna de sus vestidos, pero la ebriedad que provocan las hadas nocturnas es inevitable, como irrenunciable es la respiración.