Aldea

Me llena de placer que la aldea se vaya llenando de mujeres. Todas acudimos a este espacio conquistado por nadie y encontramos oidos con pendientes y zapatos que van tomando formas redondas y cálidas. Una casa junto a la otra, huertos comunes, jardines abiertos, libre circulación, palabras pócimas, imágenes flores, herencias de abuelas, corazones hilvanados listos para reventar de nuevo. La jardinera de esta choza se ha decorado con tres flores nuevas este año: Lucy, Anapola, Gabis, y otros tantos descubrimientos, femeninos todos. Siento un orgullo nuevo y también la pertenencia a algo, un cierto arraigo en esta práctica. Mi día no está completo si no escucho sus voces. Y me gusta pensar que a pesar de las bombas, las hambrunas, los multifamiliares y otras aberraciones, hay costumbres que perviven. Esto de hablar entre mujeres no se puede planear, no se puede impedir. Nuestros hábitos interiores, nuestros contratos, son invisibles, atemporales. Quiero pensar que nuestras abuelas históricas iban al pozo o al mercado o al molino de granos o a esos espacios tradicionalmente femeninos, y ahí se confortaban, se confesaban unas a otras cómo remediar males intangibles y hacer rendir la sopa, cómo sacar o meter olores y saciar el apetito del hombre. Y todo esto se repite sin que uno pueda planearlo o acotarlo. Los temas son otros, pero esencialmente la práctica es la misma. No sé de liberaciones ni sociologías que puedan explicarme esto. Seguimos reuniéndonos aunque los medios y los sitios hayan perdido su materia.

Comentarios

Sí, benditos descubrimientos.
Sororidad, dirían las sociologías y esas señoras de trenzas y faldas vaporosas que hablan en las facultades y que saben tanto que a lo mejor ya no se asombran como nosotras de estas sorpresas femeninas. Lo prefiero así, prefiero seguir abriendo los ojotes y las orejotas en nuestras confesiones, tan maravillosas en tantos niveles, que pueden hacer de un par de zapatos una fiesta lingüística; ¡imposible de comprender para la testosterona!

Te quiero mucho, soeur