Ellos son un milagro, salieron de las entrañas de mis hermanas. Los amo de todas las maneras posibles desde el primer segundo de su existencia, los amo incondicional e irracionalmente.
A veces, con tanto trabajo y tantas tonterías en las que gasto mis pensamientos, me siento fatal porque no puedo estar cerca de ellos todo el tiempo que quisiera. Mi corazón se ilumina con sus sonrisas y sus vocecitas a través del teléfono, pero cuando estoy con ellos hay una fuerza instintiva que me mueve a abrazarlos y quererlos porque sí, porque existen, porque su curiosidad no se termina nunca. Cuando se sorprenden, uno recupera la sorpresa; cuando lloran con esas lágrimas que parecen canicas, uno vuelve a entender por qué el abrazo de mamá es la mejor escuela del amor... y de la vida.
Nina es una chica hermosa, un gatito astuto e inteligente, una luciérnaga cantarina y dulce, tímida al principio y encantadora hasta el final. Omar es un pequeño sol que ama los sonidos y los sabores, un pequeño maestro que contagia su alegría por descubrir el mundo. Los dos heredaron unos rizos variopintos que enloquecen los dedos de quien tiene el honor de tocarlos. A sus pocos años, ya saben qué es indispensable y qué es accesorio. En sus manitas, en sus frases y en sus miradas se adivina la perfección del cosmos. Son todo posibilidad, crecerán imperfectos porque son producto del amor. Y yo le doy gracias a dios-vida por dejarme ser su compañera de juegos de vez en cuando. Le agradezco a mis hermanas (y a mis padres, y a los padres de mis padres) porque permitieron que el milagro ocurriera, porque alimentan a sus retoños con su adoración y sabiduría. Ellas se han ganado el cielo, y yo me siento cerquita de esa esfera cuando estoy junto a las risitas de mi corazón.
Ven pronto, Nina chapulina, que ya te extraño.
Feliz cumpleaños, Omarcito. Pronto estaremos soplando las dos velitas de tu pastel.








