jueves, febrero 25, 2016

La tierra después del miedo


No soy la única que lo ha vivido, por eso me atrevo a decirlo.

En este extremo del mundo, un hombre promedio elige a su esposa bajo el criterio de la dote simbólica: ventajas raciales, sociales e incluso laborales que ella representa para que él reafirme su valía y virilidad ante los ojos de los patrones –dios, jefe, padre, ídolo, eslogan publicitario–. No pueden ser fieles a su corazón, tienen puesta su lealtad en un mandato del que ya no se habla, pero que está vigente en la memoria colectiva. Y es tan eficaz que muchas hemos soñado con ser elegidas. 

Los anhelos del corazón del hombre han sido desterrados, desplazados a un mundo secundario e ilegítimo a los ojos del amo. Ante él, un hombre debe ser un soldado, un siervo que contribuye a aumentar el poder del rey y de su corte. Y eso incluye la elección de una chica "adecuada", es decir, que tenga una dote simbólica que no contravenga lo que el patrón considera útil.

Pero los anhelos del corazón de un hombre no mueren. A veces toman la forma de la melancolía, a veces se disfrazan bajo el traje del deber ser. A veces resurgen torcidos y descargan su ira en las amantes que les recuerdan la libertad a la que han renunciado.

Esos hombres viven con sus lealtades divididas, entre dos universos aparentemente irreconciliables, entre el deber y el querer. 

Yo me enamoré varias veces de hombres divididos. Son encantadores y bien interesantes. Pero no fui elegida. Las mujeres como yo no pensamos que somos un botín o una dote simbólica; amamos a las personas, no calculamos las ventajas. No es que los hombres nos tengan miedo, simplemente no somos adecuadas, útiles. Yo soy demasiado inquieta y no sirvo para ofrenda. Cuando un hombre dividido está con una mujer como yo, está en peligro. El amo, tarde o temprano, va a darse cuenta de que algo está cambiando en ese siervo. Antes era tan fiel y productivo, ahora empieza a pensar en ser independiente y el amo, obviamente, va a retirarle los privilegios otorgados. Eso, no los culpo, debe producirles mucha angustia.

Es poco probable que un hombre dividido renuncie a las ventajas que le otorga este sistema. Para las mujeres ofrenda hay "ganancias" secundarias que saben a consuelo, pero que dejan un rastro amargo en la memoria. Hombres divididos y mujeres ofrenda son mayoría en el pedazo de mundo en el que vivo. Los pocos que siguen a su corazón suelen caminar encubiertos para no ser tildados como "detractores". 

Yo necesitaba reconocer que había sido educada no para elegir sino para ser elegida, mujer ofrenda que pone su energía al servicio del patrón. Al darme cuenta, el despertar fue inevitable. Cuando abrí los ojos, pasé mucho tiempo peleando por un lugar, sin darme cuenta de que mi lucha por un espacio alimentaba el apetito bélico de los patrones. Siempre que he peleado, he perdido –ellos tienen más experiencia haciendo la guerra–. Y cuando  simplemente he fallado, los costos de vida han sido altísimos –he hablado de esto con muchas mujeres que también lo perciben así–. Es duro reconocer que ellos diseñaron las reglas en las cuales estamos inmersas, y sus reglas siempre los favorecen.

Qué absurdo era mi intento, pero tenía que experimentarlo. Ahora vuelvo al primer despertar para preguntarme dónde voy a poner la energía acumulada durante tantas generaciones. Sé que quiero usarla para construir un mundo más amoroso que éste, porque estoy cansada de tanta mezquindad.

Lo primero. Señores, rindo mis armas, quédense con la tierra y con las mujeres que quieran ser elegidas. Yo me voy. Ya quise transformar el sistema desde adentro, ya puse en evidencia el mecanismo –mira, ésta es la cadena imaginaria, la llave se perdió hace mucho, pero ésta es la puerta de salida–. Ya no importa si conseguí cambiar la vida de los demás. Ya entendí que se trataba de liberarme a mí misma en el proceso. Ya estoy lista. 

Soy la mujer adecuada para mí, siempre lo había sido. Me elijo a mí misma. Me voy a otra tierra donde la dualidad no es un pretexto para la división, sino el fundamento de la cooperación y la razón de la complementariedad. No es un sitio utópico, sé que existe y que acoge compasivamente la imperfección, el transcurso del tiempo y la poesía. Ese lugar existe dentro de mí y dentro de otros. Claro que hay problemas, pero al menos son propios y se resuelven desde el corazón. En esa tierra interior, la vida bajo el mandato de los patrones es un viejo recuerdo, una leyenda negra para que los niños sepan qué es el miedo.

miércoles, enero 20, 2016

(no) miracles

Viajo para recolectar sensaciones. A veces puedo guardar algunas imágenes, resabios de lo que percibí, de lo que se conectó en la travesía. A veces consigo hilvanarlas y construir un recuerdo como éste.


miracles_luzaalvarado from Luza Alvarado on Vimeo.



martes, enero 19, 2016

Conversación intervenida III

Ishtar Terra

– You come from a strain I have not experienced yet.

– If we find a desire that is mutual...

– I'm an animal, I need to put my nose on your neck, feel your warmth, listen to the tone of your voice...

– That sounds mutual. But don't get too excited, I have my defaults, I have used too many of my nine lives and my future is a complete gamble.

– You sound like a human being.

– You sound like you want to fall in love.

– That's why you chose me. I'm willing to be vulnerable, I won't hurt you. 

– You know, my family is pretty fucked up.

– My family makes me want to run away.

– I've been trying to escape from the war between my parents.

– I wanted them not to see me as the second version of my death sister.

– I tried to fix the situation, but it became worse. Now I feel guilty.

– Guilty of living my life. They feel I betrayed their faith. 

– Happy new year.

– Will you come back?

– I will come back.


*  *  *

Your scent was still pulsating in my skin when I arrived to my parents house. I felt furiously alive. I should have stayed with you until dawn, but instead of choosing us, I relinquished to my old loyalties. And I regret it profoundly.
   We had only two earth days, so I decided to enjoy your presence without the interference of judgment and expectation. I read the signs around us and connected them with the trail of stars in the silence of my heart. Then you turned into distance and your absence became a blank space, peaceful and soft. A few days later, the sound of your name emerged from the white fog like the call of a lighthouse. Uncountable times a day. The root of my soul emitted your syllables as a sonar searching for life in an inert planet. 
   Your name. Primal thought in the morning, first star of the dusk. Inescapable spark in the middle of a noisy street. Tangible mantra, beating of the light, basal whisper of my breath.
   I discovered that your name and my sign were synchronised in more than one frequency. I sensed you were named after a spacecraft that brought to sight Ishtar Terra (the northern continent of Venus, where a day is longer than a year). Ishtar, the goddess I am devoted to. It is no pure chance your compass has the same layout of that tattoo in my back. Symbols are thresholds. 
   After your name, your presence arouse from the pond of my visions, so vivid and warm as a caress of sun in winter. As your laughter reverberated in my flesh, I awoke from a thousand year slumber.
   You said it was not a good idea, but we did it anyway. That warning in your eyes. I guess you were saying something like "I want to give myself entirely but I am afraid you will fall in love". I accepted, you too. That was our tacit agreement. It happened as it was destined and I received the most beautiful gift one can get. Many times in my life I had given myself to my lovers, but not once a lover had given himself to me. Until you did. And it was so pure, so pristine and mighty... For the first time in my life I felt the sacred masculine making honour to the source of life. 
   You didn't come to me looking for a missing part, you don't expect me to fill that gap. You came to reveal in me a new way of falling in love. I feel no anguish and no anxiety, even if the animal in me wants to grow in love with you for a good Venusian week. Now I know how it feels to receive light and meaning from a brave man.  

*  *  *

You said your future was a gamble, didn't you? Well, I bet for you.


miércoles, enero 15, 2014

Conversación intervenida II


– Sucede que me canso de ser hombre.
– Yo también, sólo que mi cansancio es doble: me canso de mi humanidad y de tener que ser mi propio modelo de hombre, autónoma, proveedora, protectora... ¿Te ha pasado?
– ...que entras en las sastrerías y en los cines, marchita, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza?
– Sí. Pero no me siento como un cisne sino como una muñeca de cartón que cuando se desliza por debajo de las puertas pierde su ropa de papel. Mi desnudez se transparenta como las alas de los insectos volando viento en contra. Los olores de los demás llegan a bocanadas y me resultan tan repugnantes.
– El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
– Igual que el de las carnicerías y los locales donde ponen uñas de acrílico. Ya no sirvo para andar con esas frivolidades, me cansan los tumultos y los bares. A veces sólo quiero vivir en el campo o junto al mar.
– Sólo quiero un descanso de piedras o de lana.
– Mmh, sí, tranquilos, como corteza de árbol con musgo.
– Sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
– Entiendo. Pero los jardines. ¿No te gusta tirarte en el pasto, soltarte el pelo, quitarte los zapatos...?
– Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra.
– Claro, es que para ti es incómodo recordar que tienes un cuerpo. Para mí es al revés: es lo único. Las mujeres sólo tenemos nuestro cuerpo, pero allá en el mundo tenemos que llevarlo como si fuésemos hombres. No me gustan las leyes de los hombres, por eso entiendo eso que decías al principio. ¿Cómo era?
– Sucede que me canso de ser hombre.
– Eso. Yo creo que todos tarde o temprano nos cansamos de ser hombres. De sus demostraciones, de su retórica, de su jaleo con el poder. En el fondo nos gusta lo impredecible, cuando somos niños nos asombra la magia.
– Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado.
– Pero ya no los hacen como antes, ni los notarios ni los lirios ni los sustos. Los oficios perdieron su magia y los lirios no son tan misteriosos. ¿Sustos? Una orquídea o un asfódelo.
– O dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
– Una monja. Curiosa elección. Trato de imaginar a quién me gustaría matar y no encuentro que la sangre de otro valga lo suficiente como para mancharme las manos. A menos que tuviera que lavar con ella la sangre de los míos.
– Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
– Llorar a gritos, gritar hasta morir de frío. Quieres gritar pero no puedes. Me pasa igual pero me aguanto hasta que viene alguien que me cuenta algo gracioso y ahí aprovecho para carcajearme. El sexo también me alivia pero no siempre hay con quién. Y la masturbación saca todo a la superficie, a veces son tesoros, a veces cadáveres. ¿Por qué no quieres gritar?
– No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
– Al menos antes la comida no era tóxica. Tampoco era tan rica pero al menos no era tóxica. No que ahora. Da pena saber que existan tantas formas de hacer la guerra, los laboratorios, las farmacéuticas, los supermercados... Dentro de veinte años los chicos van a preguntar dónde estábamos mientras estallaba la guerra civil.
– No quiero para mí tantas desgracias.
– Yo tampoco, pero no pienso nada más en mí.
– No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
– Lo sé. El síndrome del domingo en la tarde es letal.
– Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel y aúlla en su transcurso como una rueda herida.
– Imagínate eso mismo pero trabajando en una oficina o en una fábrica, el hacinamiento, la rutina. La frustración...
– ...da pasos de sangre caliente hacia la noche.
– Salir en lo oscuro, caminar al transporte público, toda esa furia cruzada, las promesas incumplidas, la deshumanización. Te imaginas todas las posibilidades de la muerte y te...
– ...empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana.
– De ahí a los diarios amarillistas. Sanguinarios. Son el reflejo de nuestra brutalidad. A veces siento que huelo el miedo rancio en la piel de los criminales y no sé como describirlo, huele a...
– ...a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
– ...a basura acumulada en las esquinas, descomponiéndose tras la lluvia de la noche y bajo el sol del medio día. Es igual al olor de mis pesadillas, aunque en ellas me pierdo y vago por zonas industriales donde no hay nadie, hace siglos que no hay nadie y todo está cubierto de gris polvo, es una noche perpetua y sin embargo huele a basura. De pronto no puedo abrir los ojos, como si estuviese quedándome ciega.  ¿Qué hay en tus pesadillas?
– Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
– En mis sueños de niña había ombligos pero vistos desde dentro. Hace poco soñé con un espejo, yo me ponía un vestido negro y al buscar mi reflejo aparecía el rostro de la furia. Desde entonces es mi sueño recurrente. Luego me quito el vestido y salgo a un campo, mi abuela me espera al pie de un árbol de líbano, camino hacia ella y me siento en sus piernas.
– Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
– ¿Vamos a dormir? Allá no es tan cansada la existencia.

lunes, noviembre 25, 2013

Conversación intervenida




paso a saludarte
ando muy pajarito del otoño
estoy en parís y tengo frío
es el invierno sobrepuesto
veinticinco días
edimburgo berlín budapest
rojo amarillo y verde danubio       verde jabón
decadente        liquen efervescente
¿dos palabras?
pasteles y espirales
             -
cinco días y vuelvo
quiero regresar pero no quiero que se termine el viaje
            -
lo de siempre           trabajo a distancia 
escribo edito recupero revisito 
me acuerdo de todo pero desconozco los lugares
ya no llego a ellos con las mismas preguntas
salgo a la calle a buscarme y no me encuentro
regreso al departamento a encontrarme y no me alcanzo
parís me lleva a lugares a los que ya no quiero ir
es un riesgo tocarla de nuevo
porque sí
porque es bella e indiferente
mais elle a été toujours comme ça 
et moi     pas moi
           -
voy a comprar plumas y cuadernos zapatos de señorito macarrones de porcelana postales para las hadas agendas para no dormir paseos de tiempo cristalizados una colección eau de douceur y un mapa de gitanos
pero solo si te portas bien
          -
czokolom
se diche chócolom y es una despedida húngara
pues significa eso
que beso tu mano en el aire

viernes, mayo 17, 2013

Heterotrópica







En alquimia interior, dejando de ser semilla del sur –con suéter– para ponerme una cascarita de madera y flotar en el deshielo hacia el mar del norte. Cuando llegue a tierra, y sólo por un tiempo, seré semilla con espinas para que mi alma pueda montarse en el pelo de los animales en migración. Después, al sentir el viento cálido del trópico, me convertiré en semilla con alas para volar hacia el jardín donde me espera una tierra húmeda, amable y fértil. Ahí voy a germinar de nuevo, pero no brotaré con los mismos tallos ni las mismas flores que tenía cuando partí en la primera migración; ahora soy noraustral, heterotrópica, hidrotectónica y termosemántica. Todavía no imagino cómo serán esos frutos, pero si se parecen –aunque sea un poquito– al amor que traigo adentro, me sentiré inmensamente afortunada porque el viaje habrá valido la pena. 

jueves, abril 25, 2013

Esa palabra

Maj R.V. Spencer
Afuera del cerco, hace seis meses
Los manifestantes marchan. Se ve que son pacíficos, la intención se lee en sus cuerpos, en la inflexión de la voz. No llevan armas, traen libros, traen cámaras, traen carteles. Hablan con los policías y rayan algunos muros. Lo de siempre, lo que se espera, expresar su desacuerdo y seguir la vida, ¿qué más? No han agredido a nadie pero de pronto los empiezan a detener de manera arbitraria. Algunos siguen desaparecidos hace cuatro días. Otros no van a salir del hospital. Otros fueron procesados sin juicio de por medio.

Dentro del cerco, en tránsito hacia el exterior
Grupos de choque, violentistas caminan libremente, van armados con cadenas, con picos. En sus cuerpos se lee la furia, en sus miradas, el resentimiento. Los granaderos los dejan circular dentro del cerco del palacio legislativo. Minutos más tarde ocurre lo que ya sabemos: salen, provocan, agreden, golpean. Y los granaderos hacen como que se los llevan pero al final los dejan ir, porque saben cómo es la cosa. Alguien usa la palabra anarquía. Ponen pintas y gritan anarquía. Pero los gobierna el resentimiento y se venden por 300 pesos. Ni siquiera saben lo que significa esa palabra.

Más afuera, más bien lejos en el sur 
Miro, leo, escucho a la distancia, pero con la cercanía de la virtualidad selectiva. ¿Qué es esto, qué está pasando? Insisto en mirar y cuando cierro los ojos, veo un enorme tanque parado en el centro de la escena. Todos hablan de lo que ocurre a su alrededor pero nadie lo nombra. Como si no existiera, como si fuese un fantasma. Pero no es un fantasma porque está ahí, es el emblema de la violencia. Nadie lo señala porque si lo hicieran, tendrían que hacer algo con ella. Cuando las personas callan los muros hablan. Y no sé ustedes pero yo vi la palabra "dictadura" escrita en el las paredes del banco. Dictadura. Esa palabra. Tenemos miedo de pronunciarla porque entonces habría que aceptar lo que ha ocurrido. Y peor: lo que está por ocurrir.

Hace 60 mil muertos 
Cuando todavía eran 20 mil se me ocurrió decir "esto es una guerra".  Todos a mi alrededor lo negaron, dijeron que eso era una batalla para combatir al narco, pero no una guerra. Después de los pueblos abandonados y los huérfanos de guerra, ahora que los niños son sicarios y las universidades norteamericanas acogen ex presidentes en rehabilitación, recién la gente empieza a aceptar que sí había guerra y que no era contra los narcos, sino a favor de ellos y en contra nuestra. Era una preparación para lo que venía, para lo que ya llegó. 

Hoy
Es igual que un virus. Ninguna dictadura se da si el pueblo no está suficientemente vulnerado. Yo vi esa palabra en el muro. Hace unos meses dije "dictadura" pero ahora, después de la "cruzada contra el hambre", la venta del litoral y el maíz, creo que tengo que cambiar de palabra. No era "dictadura", era "esclavitud".

martes, noviembre 13, 2012

El Vigilante



Dentro de mi repertorio de sueños sobre el fin del mundo, el que sirve de anécdota a este cuento es uno de mis preferidos. Lo publiqué aquí en el blog el año pasado, pero en julio de este año lo quité para transformarlo en cuento y enviarlo a un concurso. No gané, así que lo traigo de vuelta, más crecidito, pero con la foto original. 

El Vigilante



Cuando era adolescente solía soñar con el fin del mundo. La pesadilla ocurría en un momento semejante al atardecer. Yo aparecía a caballo, entre mis hermanos, empuñando estandartes y lanzando gritos de guerra en una llanura semidesértica. Detrás de nosotros cabalgaba un ejército de linajes aliados. No podía verlos pero percibía su fuerza empujándonos hacia el choque, escuchaba el galope de los caballos, el impacto de las armaduras. Al frente, sin atreverme a levantar la mirada a través del visillo del casco, intuía la horda enemiga: guerreros acéfalos montados en bestias, sometiendo el camino bajo sus patas. El sol teñía de púrpura las sombras. Observaba a mis hermanos de reojo, con el miedo y la alegría de los que van juntos hacia la muerte. En el instante previo al choque con el enemigo, en ese precioso segundo donde se pliega la realidad, el horizonte se tragaba el sol y un zumbido congelaba el tiempo. En los poros de mi cara vibraban las partículas de polvo excitadas por la hoz de la nada cortando el aire. Entonces despertaba.
   Durante años se repitió la pesadilla, dos y tres veces en la misma noche, como si fuera un cine con funciones de permanencia voluntaria; el mismo argumento con pequeñas variaciones. Los pasajes de aquel apocalipsis onírico envejecieron en el sótano de mi inconsciente. Iban perdiendo fuerza con el tiempo, pero se aferraban igual que las imágenes a las viejas cintas de celuloide.
  Hoy hubiera querido que mi pesadilla fuera real. Lo que nos ha pasado no es, ni por asomo, la peor de sus versiones. Comenzó hace unos quince años, cuando el gobierno destinó casi todo del dinero de los ciudadanos para montar el PSV, Proyecto Supremo de Vigilancia. Se pensaba que al monitorear cada una de nuestras acciones, el estado se ahorraría dinero, energía y, sobre todo, sangre en mantener el orden y “garantizar el bien de todos”. Se instalaron cámaras en cada esquina, en cada corredor, en cada espacio de reunión. Había micrófonos y detectores infrarrojos en las aristas de los edificios. Fuimos obligados a portar el carnet de identidad universal en un lugar visible, transitar sin él equivalía a convertirse en un criminal. El PSV resultó tan costoso que pronto se dejó de invertir en urbanización. No más parques ni edificios, no más obras públicas. Escuelas, hospitales, comunidades enteras comenzaron a funcionar de manera precaria. Todo escaseaba, la comida, el agua, el combustible. Todo, menos la electricidad. Fue entonces que se anunció el gran eclipse. El estado implementó la segunda fase del PSV, que en apariencia no era más que un censo. En un solo día, los misioneros vigilantes recorrieron el país de punta a punta, contaron a la gente, registraron las casas y se aseguraron de que en cada habitación hubiera, al menos, un foco y dos tomas de corriente. Después de hacernos las preguntas de rutina, sacaron una pistola como la que se usaba para aplicar vacunas, e instalaron detrás de nuestra oreja un chip que, a decir del gobierno, facilitaría la administración de los servicios de salud y la ubicación de las personas en caso de desastre. Quizás por encontrarnos en el sur del continente, el daño fue menos agresivo, pero el colapso global de los sistemas resultó irreversible. Quedamos aislados unos de otros. La tierra ya no fue la misma, permanecimos sumidos en una suerte de penumbra, apartados del Sol por una capa de nubes tan espesa que apenas podíamos distinguir el paso de los días. Vivíamos en un anochecer plomizo, iluminados permanentemente por la luz que venía de las farolas de la calle. El suministro de agua y electricidad a particulares estaba racionado, cada barrio tenía una hora de corriente al día, a veces menos.
   Hubo gente que no vivió para contarlo. Tal vez fue lo mejor que pudo haberles ocurrido. Los que sobrevivimos no podíamos salir del país ni alejarnos de la ciudad. Con los cambios en la atmósfera la escasez creció, se dieron saqueos, revueltas, intentos de guerra civil. Entonces el gobierno puso en marcha la tercera fase del PSV. Primero fuimos despojados del derecho a reunirnos. Los camiones que repartían alimentos cada quince días dejaron de venir. Y el Vigilante entró en acción. Nadie sabía exactamente dónde estaba o cómo operaba, sólo percibíamos sus efectos, su presencia ubicua. Su ojo intangible no sólo nos observaba sino que era capaz de escuchar nuestro diálogo interior. Era una suerte de cerebro metatecnológico, un dios monádico que viajaba en la luz eléctrica y se fortalecía cada vez que alguien tenía un pensamiento-palabra de esperanza. El chip que nos habían instalado detrás de la oreja transmitía nuestros impulsos nerviosos al Vigilante, él los clasificaba y después los convertía en energía o en arma letal, según le conviniera. A los días de hambre y miedo se sumaron las muertes absurdas. Los primeros fueron los niños y sus madres. Yo había perdido a toda mi familia en la inundación después del eclipse. Sólo quedábamos mi hermano y yo. Él era mi protector, quizás por eso el Vigilante lo aniquiló frente a mis ojos. Después de su muerte, ya no necesitaba sentir esperanza alguna. La verdad, no sé qué me mantenía aferrada a la vida.
   Cuando se entibiaba el viento y reunía algo de coraje, salía a la calle a buscar a mis semejantes; habíamos comprendido que al recitar manuales para reparar motores, series matemáticas, diálogos absurdos o viejos instructivos aprendidos de memoria, podíamos distraer al Vigilante e impedir que se alimentara de nuestros anhelos. Huérfana de esperanza rastreaba un indicio de complicidad en el rostro de los pocos transeúntes, lo que fuera para no sentirme sola. Los sitios de reunión habían sido clausurados, así que me conformaba con una mirada furtiva, un roce de manos al pasar, un gesto. Se decía que existían locales clandestinos que burlaban al Vigilante. Que estaban en el viejo puerto, adentro de los edificios que habían sido abandonados por carecer de instalaciones eléctricas o canales de fibra óptica. Yo nunca había podido comprobar su existencia, hasta ayer. Tenía que salir a buscar comida, mis reservas estaban al límite. Abrí la caja de latón que guardaba bajo la cama. Ahí estaban mis últimos vínculos con la vida. Dejé el anillo de mi madre para una emergencia, por la foto de familia no me darían nada, así que tomé el perfume de mi hermana y partí hacia el mercado negro. A cambio, obtuve dos latas de habas. Cuando estaba a punto de abandonar la zona limítrofe del puerto, vi que se abrió la puerta de un edificio. Una luz ambarina se depositó como bruma sobre el pavimento. Era una luz débil y cálida, no podía venir de una fuente de electricidad. Para ocultar mi sorpresa del Vigilante, me esforcé en recitar una serie numérica compleja. Caminé hacia la puerta y antes de que se cerrara, entré al lugar. Adiviné en el muro del pasillo algunas sombras humanas sugeridas por un conjunto de velas colocadas en el suelo. Avancé hasta el final del corredor y al doblar, encontré una fila de personas de distintas edades, todos susurrando letanías incongruentes. Aún estábamos muy cerca del muro exterior. Al fondo habían unas escaleras. No sé porqué pero corrí hacia ellas. Sabía que nadie reclamaría nada, de hacerlo nos pondrían en riesgo de ser detectados por el Vigilante. Subí los escalones de dos en dos. Llegué a un cuarto piso, quería saber a dónde llevaba la fila y por qué estaba esa gente ahí. No había luz eléctrica, sólo algunas velas en las esquinas de los descansos. Conforme avanzaba, las instrucciones y las series numéricas iban dando paso a canciones tontas, pero con cierta articulación. Hasta que llegué al séptimo piso. Algunas personas hablaban consigo mismas o en susurros, entre ellas. Cuando escuché a alguien rezar un padrenuestro, supe que había llegado a un lugar seguro, un punto ciego para el Vigilante. Me dejé caer en el último peldaño. Por primera vez en veintitrés meses, tuve el valor de llorar un poco, ahogando el sonido en el ángulo del brazo.
   El primero de la fila, un hombre de unos 60 años, me miraba con compasión. Ya no quedaba mucha gente de su edad entre nosotros, era un sobreviviente. Me limpié los ojos y la nariz con la manga raída del abrigo y a señas le pregunté "qué buscan”. El hombre sonrió y su gesto se convirtió en una caricia en mi pecho, un calor que me devolvió un poco de la dignidad perdida. Hacía mucho tiempo que nadie me hacía sentir que estaba viva, que no era una fuente de energía o una amenaza para el PSV, sino una persona. Apuntó con la mirada el fondo del pasillo. Había una puerta. Vi al viejo como preguntándole si podía acercarme. Asintió y con la mano hizo una seña: mantén la calma, despacio. Gateé hasta la mitad del pasillo y volví el rostro. El hombre hizo una carcajada muda y me indicó que podía ir caminando. Cuando me levanté y di los primeros pasos, sentí un olor a comida, comida de verdad, pero pensé que mi emoción me estaría traicionando, que mi deseo era tan grande que se anticipaba a la posibilidad de su existencia. Apreté el paso y creí escuchar una risa contenida. Se abrió la puerta, de la penumbra surgió la silueta de un par de mujeres. La más alta cerraba una segunda puerta detrás de ellas. Me hicieron seña para que me acercara y avanzaron. Al cruzarme con las mujeres pude distinguir en su cara ese rubor que pinta las mejillas después de comer y reír. También después de hacer el amor. El deseo estaba traicionándome una vez más. Pero el aroma...
   Atravesé el primer quicio y cerré la puerta detrás de mí. A un paso de distancia estaba la otra entrada. Me quedé un instante paralizada en ese cubo de un metro cuadrado. Por debajo de cada puerta, un hilo de luz, dos líneas fronterizas que dividían dos mundos. Y yo estaba en un limbo, sostenida por el olor de una promesa. Y de un murmullo, una vibración que venía del otro lado, esa energía que en otro tiempo pasaba por alto, hasta que dejó de estar; en su sitio se había instalado la maquinaria de las presencias forzadas a ignorarse. No era algo que pudiese distinguir con los sentidos, era algo que ocurría dentro de mi cuerpo, como si la corriente eléctrica que alimentaba al Vigilante cambiara su curso y despertara a mis células de un letargo. Acerqué la mano al picaporte y al tocar el metal produje una chispa. Permanecí un segundo congelada, oscilando entre el terror y la sorpresa. Finalmente abrí la puerta. Me encontré con un remanso de humanidad de quince metros cuadrados. Había gente sentada, comiendo, hablando del pasado y del futuro sin temor a que le succionaran el alma a través de un poste de luz. Una matrona de unos 50 años, otra sobreviviente, me indicó que avanzara al fondo del salón, que me sentara en una de las sillas libres. Caminé embriagada por el barullo, seducida en lo más profundo por ese aroma que antes se había desprendido del abrigo de las mujeres: el olor de lo gregario. La matrona se aproximó bandeja en mano: “¿Lentejas o lentejas?”. Soltó una carcajada mientras ponía el plato y la cuchara sobre la mesa. Le agradecí con una tímida reverencia, pero el hombre a mi lado, un barbón de ojos amables, me dio un codazo y en tono paternal me reprendió: “Cómo se dice”. Respondí ¡Gracias! con todas mis ganas. Luego miré el plato de lentejas, la espiral de vapor que subía hacia mi rostro. Por primera vez desde que había sido aniquilado por el Vigilante, pude recordar a mi hermano sin temor. "Ismael odiaba las lentejas", dije en voz alta. El señor de barba me dio un pañuelo para limpiarme las lágrimas y me miró fijamente. Nos reconocimos: era Mateo, un amigo de la familia al que no veía desde la adolescencia. Me abrazó, me consoló y para hacerme sonreír, dijo: “Ese Ismael era un mañoso, ni así se hubiera comido las lentejas”.
   No recuerdo muy bien qué fue lo que conversamos en adelante. Apenas fue ayer pero siento como si se tratara de una borrachera que hubiese durado días. Al terminar de comer, Mateo pagó mi comida y la suya con un pequeño tarro de mermelada. Cuando cerramos la puerta del comedor, justo en el pasaje límbico que nos devolvía al mundo real, me tomó firmemente por los hombros y murmuró: “Más nos vale quedarnos juntos, ya encontraremos la manera de comunicarnos y escapar”. Yo asentí sin pensarlo, sentirme esperanzada era lo más parecido a una droga. Para esquivar el control del Vigilante, salimos del edificio recitando instructivos. Dejamos atrás el puerto y fuimos internándonos hacia el centro. Mientras repasaba las cláusulas de garantía de una pantalla de plasma, me llevé la manga a la nariz para atrapar los últimos restos del olor a lentejas. Cerré los ojos y me dejé guiar por el sonido de los pasos de Mateo, que caminaba delante de mí. Un ruido ensordecedor me sacó del trance. Los altavoces instalados en los edificios comenzaron a escupir alarmas, como anunciando un bombardeo. Mateo se volvió y me tomó de la mano: “Cuenta y no pares de correr”. Mientras avanzábamos vimos a decenas de personas salir de sus casas pidiendo auxilio. En su lamento olvidaban que el Vigilante identificaba como “resistencia” cualquier petición de ayuda, y eso bastaba para ser exterminado. A los pocos segundos aparecieron en el cielo los Centinelas sobrevolando las calles, lanzando sus conos de luz encima de la gente, succionándoles todo intento de supervivencia. El Vigilante estaba aprovechando la falla técnica para aniquilar masivamente; la ciudad se convirtió en un despliegue de destellos que absorbían el alma de las personas, fortaleciendo al Vigilante de manera exponencial en cuestión de segundos. Uno a uno veíamos caer como flores marchitas a los ancianos locos de soledad, a las mujeres resecas de aislamiento,  a los pocos hombres que habían vencido la tentación de soñar despiertos, a los escasos jóvenes que aprendieron a dejar de amar el día en que se quedaron huérfanos. Eran tantas las vidas que se esfumaban a un mismo tiempo que los focos, las farolas y los transformadores comenzaron a explotar. Los Centinelas caían sobre las calles, sus aspas cortaban postes y ventanas, y luego estallaban en miles de chispas que no producían fuego. El programa de vigilancia se colapsaba víctima de su propio asedio, como si este dios tampoco supiera qué hacer con la vida de sus creaturas.
   Mateo y yo corríamos sin dejar de contar, tropezando con cadáveres y escombros. Al llegar al 1297 nos detuvimos, habíamos llegado al muelle. A nuestras espaldas se apagaba todo rastro de luz en la ciudad. En uno de los embarcaderos vimos un destello, una lámpara de kerosén. Había un grupo de personas subiendo a un bote lo suficientemente grande para albergar a los que ahí llegamos. "Uno dos tres cuatro cinco seis ocho... veintidós", me sorprendí contándonos por costumbre. Mateo se volvió y me abrazó: “Se terminó, no más números”. Nos acercamos al bote, los demás sobrevivientes nos hicieron un espacio. Los más jóvenes tomamos los remos y empezamos a movernos mar adentro. De nuestra ciudad no quedaba sino la silueta de una mole extinguida.
   Hemos hecho turnos para remar, algunos conversan y otros sólo han llorado o rezado por los que ya no están. Sé que todos sentimos un calor en el pecho, un brote tímido de fe que comienza a manifestarse. Mateo me ha puesto su abrigo en la espalda para darme algo de calor. Mi cuerpo se mece con el movimiento del bote e intento quedarme dormida, pero al escuchar el choque de los remos contra el agua, aparecen las imágenes de aquel sueño de mi adolescencia. Abro los ojos anhelando tener quince años y estar en casa de mis padres, pero sólo me encuentro con el final de esta otra pesadilla. Miro a los que me rodean, reconozco en ellos la incertidumbre y la alegría de los que escapan de la muerte. No sabemos a dónde nos dirigimos pero no parece preocuparnos. Al menos podremos pasar lo que nos queda de vida conversando, esperanzados en que tal vez haya una tierra sin dioses al otro lado del mar.

miércoles, octubre 31, 2012

Pangéica I






Mi cuerpo te ha llorado de muchas formas durante el desprendimiento, pero hoy no siente melancolía. Sabe que así tiene que ser y se alegra, nos alegramos genuinamente desde todos los reservorios de nuestra geografía porque a pesar de mi resistencia ocurrió lo que decretaste al tercer día. Sin darnos cuenta fuiste sembrando tu nombre en mi tierra de isla flotante. Hay playas bahías cumbres bautizadas con tu imaginario, hondonadas que se abrieron para ti cuando accediste a desarmarte. Hay paisajes cuya sonoridad autóctona abrazaste y aún vibran cuando alguien más las evoca en mi ausencia. Lo sé, puedo sentirlo. Porque me pasa lo mismo. En la bitácora tengo señalado el día que me enseñaste a sacar agua de las piedras y la vez que aprendiste a cocinar el verde. Luego nos poblamos hasta dejarnos colonizar la lengua por debajo, tanto que soñamos un mestizaje sin conflicto. Acordamos reescribir la historia mas reaparecieron tu credo y el mío y chocaron como naves en el aire. Nuestra fe nos separa, tu dios y mi diosa no han querido entregar su cetro. Y es así que me convenzo de que su mandato nos precede. Y es así que nos alejamos, tú en una barca de regreso al continente de lo conocido, a esa tierra que no se marcha, yo en mi asteroide migratorio de paisajes estacionales impulsada por el deseo que alguna vez desatara Doctor Fausto. Pero me voy tejiendo una canción con tus nombres que no se borran porque están escritos desde dentro, en el reverso de la piel, como emanaciones vegetales, fibras verdes para un vestido de siemprevivas y hueledenoches. Aquí vienes conmigo. Hasta la próxima vuelta.