EL MUNDO SEGÚN MONSANTO

Cambié mis hábitos alimenticios el año pasado, cuando tuve una crisis de gastritis que me tiró tres días en la cama. Fui con un doctor japonés y me mandó una dieta de desintoxicación que duraría un mes: comida vegetariana, con opción a comer moderadamente pescado, huevo y derivados lácteos dos veces por semana. También me dio unas cápsulas de sábila y un té color púrpura. Cuando terminé el tratamiento me sentí muy bien, y a partir de entonces ya no como carne ni pollo, sólo pescado una vez por semana, prefiero la leche de soya a la de vaca, evito comer huevo y cualquier alimento altamente industrializado. ¿Orgánicos? Sí, si se puede, mejor.
No faltan detractores que "argumentan" que esta forma de alimentarse es una payasada, una mariconería, una moda tan superficial y pasajera como todas. "No puedes vivir así, limitas muchísimo tus opciones." Por evitar la confrontación, no les digo ni sí ni no. Mejor les cuento que descubrí posibilidades y combinaciones deliciosas, sabores que estimulan mi gusto y también mi imaginación. Cabe mencionar que sus "argumentos" no han mejorado su salud ni su apariencia física, mucho menos su capacidad para respetar otras formas de vivir. Sobre todo, encuentro en esos argumentos una falta de conciencia, una resistencia a mirar que hay algo en nuestra alimentación que no está funcionando bien. Cuando digo nuestra me refiero a la del mundo occidental, el único en el que he vivido.
Una temporada me dio por tomar el famoso Clight, medio sobre en mi botella de un litro de agua. Conforme se acentuaba el sabor amargo en mi lengua, aumentaban mis palpitaciones y terminaba con ataques de angustia. Pensé que se trataba de mí, que yo era demasiado "sensible" al aspartame. Lo mismo empezó a ocurrirme con el canderel, las gelatinas Jell-o (disque para niños), y todo lo light. Yo pensaba que lo peor eran los ataques de angustia, pero hay efectos que sólo son perceptibles a largo plazo. Hoy sé que esta reacción tiene fundamentos biológicos que han sido escondidos y manipulados por organizaciones como la FDA, la institución estatal supuestamente encargada de legislar sobre la inocuidad de los alimentos en EEUU. Si eso ocurre allá, no quiero imaginar qué ocurre en México.
Cuando uno es ovo-lacto-vegetariano y come en los restaurantes, tiene que hacer ciertas preguntas o solicitar pequeñas variaciones al menú. Entonces los demás comensales preguntan: ¿es por ti o para no maltratar a los animales? A veces me dan ganas de responder: "es por todo, por mi, por ti que tomas canderel, por tus hijos que tragan sabritas, por la sabiduría de los ancestros, por los campesinos de Oaxaca, por tu marido que come carne y toma un litro de coca diario." En este círculo de acciones, el menor de los males es el maltrato a los animales, y que me perdonen los amigos de Petta si sienten que minimizo su causa. El maltrato a los animales sólo es uno de tantos síntomas de un problema mayor: la soberbia de unos, la ignorancia de otros, la indolencia y la comodidad de muchos.
La única forma de vivir es con y a través del propio cuerpo. Más que una reflexión reduccionista, es un principio laico y responsable. Laico como todo derecho fundamental libre de ideologías. Responsable, porque nadie tiene derecho a decidir sobre el cuerpo y la vida de otro. Este principio puede no ser reduccionista, pero sí utópico. En ningún lugar del mundo la relación con el cuerpo está libre de ideologías. Pensamos, sentimos, nos relacionamos, somos nuestro cuerpo. Y sí, también somos lo que comemos.

La enfermedad de nuestros tiempos es la ignorancia funcional, la diabetes, el cáncer y otras pandemias son sus múltiples rostros. Hoy en día, al que no le da la gana averiguar de qué está hecho lo que se mete a la boca, está tapando el sol con un dedo. Uno llega al doctor porque está enfermo de cosas "extrañas", cuyas causas aún son "un misterio" para la ciencia (como el alzheimer de mi abuelo, mi ovario poliquístico o los fibromas que crecen sin mesura en los senos -los míos y los de todas mis amigas menores de 30-, o las depresiones cíclicas). Luego, el doctor dice cuchillo. La enfermedad "extraña" amenaza con resurgir. Entonces es momento de hacerse más responsable de sí mismo y comenzar a curarse de la ignorancia funcional. Primer paso: dejar de hacerse pendejo para justificar, ya no ante los demás sino ante sí mismo, los propios excesos. Segundo paso: cambiar de hábitos. Tercer paso: investigar, cuestionar, ir más allá de lo que le venden a uno como información nutrimental.
En eso estaba yo, muy feliz, comiendo tortillas azules y tomándome mi licuado con leche de soya, cuando mi hermana pronunció la palabra Monsanto. Me relató someramente las atrocidades que esta empresa comete a costa de nuestra necesidad más pura y básica: la alimentación. Lo que me contaba sonaba aterrador: son la más grande industria de transgénicos, los dueños de las patentes genéticas del 90% de las semillas de la tierra, y están modificándolas, invadiendo países en una guerra silenciosa y torcida, para hacer que todos dependamos de ellos. Todo esto viene perfectamente explicado en El mundo según Monsanto, una obra (libro y documental) de la investigadora Marie-Monique Robin que le está dando la vuelta al mundo y exponiendo verdades incómodas, esas mentiras soberanas que sirven de cimiento a la ignorancia funcional.
Vi la página de internet de Monsanto y se me revolvió el estómago: niños mexicanos comiendo maices dorados como de plástico, promesas a los agricultores para mejorar el campo, alianzas políticas y estrategias gubernamentales... Su táctica para controlar al mundo es una perversión tan sofisticada que parece surgida de la ciencia ficción.
Uno puede dudar del documental y no hacer nada. Quejarse es no hacer nada. O bien, dudar e investigar. Yo prefiero actuar desde la única trinchera posible: el propio cuerpo y el cuerpo de quien amas. Yo no dudé, sólo pude confirmar lo que viví hace dos años en un pueblo de Tlaxcala. Platicando con unos campesinos, me contaban que estaban por irse a EEUU porque su tierra, la que les había pertenecido desde antes de la conquista, ya no servía para sembrar. No era falta de agua, era falta de dinero para comprar las semillas del costal blanco. "Era como una promoción. Vinieron a regalarnos costales de un maíz que daba cinco cosechas y era muy resistente, y nos dieron un pesticida muy bueno. Pero luego vimos que la tierra ya no servía para sembrar otra cosa que no fuera ese maíz. Ahora no tenemos dinero para comprarlo, y es como si se nos hubiera muerto la milpa, por eso nos vamos."
He visto dos veces el documental y no puedo quedarme así. No hay institución que se atreva a detenerlos, no hay individuo que lo haya intentado y no haya sufrido las consecuencias. Después de la denuncia del documental todo se relativiza, estoy en una gran pausa. No tengo hijos todavía y con este panorama... Hoy no sabría cómo explicarles que me avergüenza esta sociedad tan llena de retórica barata, de argumentos muy bien armados que sólo sirven para que nadie se dé cuenta de que somos ignorantes funcionales. Es fácil decidir no hacer nada cuando la mierda no entra a tu casa, pero si la traes adentro y no te habías dado cuenta...

Comentarios

Nicotina dijo…
y ¿qué hago? digo ¿qué hacemos? hoy no me dieron ganas de comer, pero seguro mañana se me va a antojar una hamburguesa de mc´donalds!! Ni agua embotellada, ni vegetales, ni nada...deberiamos de empezar a sembrar nuestros propios alimentos...abriste mis ojos, pero no creo poder cerrar la boca... :s

Me agradó tu blog!! :D
caracol dijo…
hacer lo que debemos de hacer, lo mejor, lo correcto, cuesta mucho esfuerzo y los resultados, las recompensas... a veces se tardan mucho en venir, muchas veces no nos toca verlas. por eso preferimos quedarnos en la ignorancia, o cuando sabemos, ignorar lo que sabemos... sordearnos del gigantesco elefante parado en mitad de la cocina.

El mayor error cometido es dejar de hacer las cosas por creer que lo que podemos hacer no es suficiente.
ursula dijo…
Hola Luza! Muchas gracias por compartir esta información. Creo que lo que me parece más terrible es la capacidad de sobreponer el valor del dinero al valor de la vida, ya sea vegetal, animal o humana. Esto es algo que nunca he comprenido y espero jamás poder entender. Y creo, también, que este egoísmo, avaricia e irracional sed de poder es lo que ha llevado al estado de cosas actual del mundo. Ciertamente, la ignorancia es la única forma de evadir preocupaciones y responsabilidades.

Me gusta mucho tu propuesta de comenzar por cuidar lo propio, el cuerpo y el de aquellos a los que amamos. Me gusta mucho también esa observación de Caracol, el error de pensar que lo que hacemos no es suficiente (o escudarnos en eso), y dejar de hacerlo.

Te mando un gran abrazo!
textonauta dijo…
Es trágico que nos hayamos tardado cientos de años en crear comida empaquetada y que ahora el único remedio contra la obesidad, el cáncer, la diabetes, el daño cardiaco, etc., etc., sea revertir ese proceso: retornar a la tierra, a lo natural; volver a comer frutos y legumbres que el hombre nunca haya tocada con su tubo de ensaye y microscopio. El naturismo es una opción pero creo que a cada uno de nosotros nos llegará el momento de darnos cuenta de que es lo mejor, como te sucedió a ti. Te mando un abrazo.
Linda, me da mucho gusto leerte, y leer esto, brillante y fundamental. Amar el cuerpo, vaya que debe ser nuestra prioridad. Y ayudar a amarlo, a los que queremos.
Yo te quiero mucho mucho. Y te extraño. Espero que la zombificación marrana no sea un impedimento para abrazarte pronto, miludza.

Abrázote.
Anónimo dijo…
ijole, lleno de razon el comentario pero como haces, yo he tratado de comer sano muchas veces....pero es complicado mas cuando trabajas y tienes que salir a comer a una cocina economica o algo cerca del trabajo. Puedo cocinar, el problema y pretexto como siempre es el tiempo, claro ademas de no saber.