Operación exorcismo

Hablé con la Pelirroja y me propuso que nos viéramos en el centro de la ciudad. Apenas mencionó el café Emir, yo dije no, "ese lugar me da algo, está lleno de… él y yo. No estoy preparada para volver”. Esperaba que la Peli me diera otras opciones, pero ocurrió lo contrario: “¡Con mayor razón tenemos que ir ahí! Te veo ahí a las 5:00. Y pobre de ti si no llegas”, advirtió.


No sólo se trataba de los recuerdos que me traía el café Emir, era todo el itinerario: la estación del metro donde tantas veces nos despedimos, las escaleras donde discutimos, la calle donde me tomó por primera vez de la mano… Fue difícil enfrentar el camino desde el metro hacia el Emir. Entre los olores y los ruidos de la calle venían oleadas de besos, revueltas con reproches y discusiones. El señor de la tiendita y los meseros del café parecían reconocerme, pero no me ubicaban sola.


Quizás por miedo o por reflejo, fui directamente a la barra y me senté en uno de los lugares desocupados. Me topé con mi cara en el espejo y un lugar vacío junto a mí. No había vuelto ahí desde la ruptura. Miré a mi alrededor y descubrí que ese café había funcionado durante dos años como el epicentro de nuestra historia.


Para el momento en el que la Peli llegó yo tenía el estómago hecho nudo. Mi amiga sacó su cámara y nos tomamos una autofoto haciendo caras. Luego me entregó un mapa turístico del centro y un marcador rojo. “Operación Exorcismo. Vamos a sacarle el demonio al barrio”, dijo. Tomé el marcador y señalé en el mapa los lugares que habían quedado “poseídos” por los recuerdos con él. Trazamos una ruta y comenzamos el recorrido.


Lo que siguió no se parece en nada al viaje de Dante y Virgilio por el infierno, fue algo más alegre, muy similar a lo que ocurre en la película de Amélie, donde ella toma del brazo al anciano invidente y lo acompaña hasta la entrada del metro. En el camino, él se deja llevar mientras Amélie le describe las extraordinarias sutilezas de la vida cotidiana que pasan desapercibidas, no sólo para un ciego sino para el común de la gente.





Recorrimos cada uno de los lugares marcados en el mapa, y en cada sitio nos detuvimos a hacer algo que fuera importante para ambas. Al caer la noche, mi geografía emocional había sido exorcizada. El café Emir y sus alrededores habían quedado asociados a otras vivencias, mucho más coloridas y alegres que aquel desamor.


Mentiría si digo que esos “puntos rojos” se borraron de mi mapa, siguen ahí pero ya no duelen ni me impiden volver a ese barrio de la ciudad. Me alegro de que existan rituales que nos ayuden a sanar, a reconquistar esos espacios que fueron testigos de una historia agridulce. Resignificar la geografía emocional es una forma de reconciliarse con el pasado y construir nuevos vínculos para habitar el presente.

*Publicado originalmente en 2009 para Yahoo! Mujer

Comentarios

Rog dijo…
Los sitios se quedan impregnados con ciertas esencias de ciertas personas. A mí me pasa, no tanto con los lugares, sino con la música y al hojear uno que otro libro cuya lectura coincidió con el espacio-tiempo compartido con ese otro (otra, mejor dicho) a quien creía olvidada. Enseguida la sinapsis y la imaginación se encargan de hacerme temblar en recuerdos.
Buen texto, mi Luz.