90 segundos sin parar



Salí de la universidad a las 8:40 pm, horario de verano, 24 centígrados, aire tibio, a punto de anochecer. Venía en la ciclopista pedaleando tranquilita, el casco bien puesto, contenta porque acababa de tomar una de las clases más importantes para mi investigación. 


Esperé en la esquina a que cambiara del rojo al verde. Luego avancé, sin prisa. Una moto apareció de la nada para dar vuelta. No me vio, medio alcanzó a frenar, subí las piernas, golpeó mi bici y salí volando como a dos metros. Caí de rodillas, logré meter las manos. Durante algunos segundos lo único que pedía era que la moto no me pasara por encima. Afortunadamente, caímos para lados opuestos. Me asusté mucho, pero no pasó de los golpes y raspones correspondientes. Estaba entera, mis lentes cayeron lejos, pero no sufrieron ni un daño. La bici quedó maltrecha. Tuve la suerte de que una camioneta de auxilio vial estuviera en el mismo crucero. Se estacionaron y me ayudaron a levantarme. Lloré como 90 segundos sin parar, quería sacarme el susto y el nervio, al mismo tiempo agradecía que no hubiera pasado algo peor, que pudiera estar de pie, todo mocos y lágrimas, nada de sangre ni huesos rotos. Más tranquila, empezamos con los nombres, los datos, el carnet de identidad... 


Llamé a mi amigo Pablo. Estaba en una reunión en el centro, pero salió de inmediato y llegó en menos de quince minutos al lugar. Su presencia me tranquilizó, me contuvo. Me alivió saber que no estoy sola y comprobar, una vez más, que su cariño es mucho más grande que su metro noventa y dos centímetros. Al rato llegaron los carabineros. La atención fue impecable, respetuosa, ágil, clara, sin incriminaciones forzadas ni suspicacias. Nos tuvieron que llevar a urgencias para revisar que no hubiese lesiones mayores. Ahí también nos trataron no sólo con respeto, sino con cuidado, amorosamente, no como una molestia o como un trámite más. Los doctores y las enfermeras me hablaban con toda amabilidad y paciencia, como a una persona que acaba de pasar por un susto, que le duele todo y que sólo quiere irse a descansar. 


Salimos del hospital como a las 11:45 pm. El motociclista va a arreglar la bici, va a pagar los desinflamatorios y mi transporte de esta semana. Estaba tan asustado como yo, fue un accidente pero si yo hubiera salido con lesiones graves, el señor se hubiera quedado detenido. Se portó amable a pesar de tener miedo –en el fondo, sus palabras estaban cargadas con un dejo de agresión pasiva, como si yo fuese un enemigo potencial–; pudo haber huido pero se hizo cargo de su tonta prisa.


Dormí más o menos bien. Ahora ha empezado a salir la tensión muscular y siento como si hubiese cargado un elefante. Me quedo con tres certezas importantes: 1. mi ángel de la guarda es un capo total 2. Pablo es un amigo entrañable, amoroso, de una pieza 3. la vida vale más en esta esquina del mundo. Como dice el tango: Quiero el Sur, su buena gente, su dignidad.


EX VOTO
Doy gracias a esa fuerza generosa que mueve al universo y que nos da vida. Gracias por lo que me ha tocado, por sus dones, por su sabiduría.


Comentarios

Libia dijo…
Luza: desde acá (muy al norte, según se mire) te mando mucho cariño y mucha buena vibra. Celebro que sólo haya sido un susto y que te hayan tratado con dignidad y amor, porque te lo mereces (todos los ciclistas y raspados y asustados lo merecen).

Tu relato me puso el ojo de conejo, siempre me conmueve el llanto ajeno, más si lo entiendo profundamente. Creo que hay que hacer caso de Blanche y confiar en la bondad de los extraños. La gente es buena, y saberlo, comprobarlo, con escenas como la tuya, hace que también acá haya un poco más de tibieza en el invierno.
Cuídate mucho, de cualquier modo, vayas en bici o a pie o en camión. Mientras, ojalá que ya llegue pronto enero para vernos en persona.

Un beso grandote,
Libiabrenda.
Libiabrenda,
Recibo tus abrazos y tus palabras, muchas gracias, las transformo en ungüento para las rodillas. La gente buena está en extinción, quizás por eso nos conmueve tanto cuando la encontramos. Ahora espero que no tenga que pasar por otro choque para que eso ocurra.
Van abrazos y besos calurosos, de sol mordiente y pájaros cantando a las 4 am.

Hasta enero,
Luza
Mario dijo…
Milagro de Navidad. Tú chocando, tú volando, tú enterita. Cada día nacemos de nuevo, y ahora te toco nacer bruscamente. Salud por esa nueva vida, aun con sus raspones.

Un beso grande, un abrazo enorme.
Tu texto me hace recordar los primeros días de noviembre del año 1999, habitación 201 del Hospital Dalinde en la Colonia Roma de la Ciudad de México. Mientras mi rodilla derecha le daba la bienvenida a tres tornillos tu llamada telefónica y tu voz también me enseñaron que la gente buena existe, y que las palabras dichas con sinceridad curan.

Me alegra muchísimo saber que nada grave sucedió.

Gracias por aquella llamada. Deseo de corazón que pronto quede atrás el desaguisado.
Juan dijo…
un poco tarde..pero...fuerzaaa luza!!!