miércoles, octubre 31, 2012

Pangéica I






Mi cuerpo te ha llorado de muchas formas durante el desprendimiento, pero hoy no siente melancolía. Sabe que así tiene que ser y se alegra, nos alegramos genuinamente desde todos los reservorios de nuestra geografía porque a pesar de mi resistencia ocurrió lo que decretaste al tercer día. Sin darnos cuenta fuiste sembrando tu nombre en mi tierra de isla flotante. Hay playas bahías cumbres bautizadas con tu imaginario, hondonadas que se abrieron para ti cuando accediste a desarmarte. Hay paisajes cuya sonoridad autóctona abrazaste y aún vibran cuando alguien más las evoca en mi ausencia. Lo sé, puedo sentirlo. Porque me pasa lo mismo. En la bitácora tengo señalado el día que me enseñaste a sacar agua de las piedras y la vez que aprendiste a cocinar el verde. Luego nos poblamos hasta dejarnos colonizar la lengua por debajo, tanto que soñamos un mestizaje sin conflicto. Acordamos reescribir la historia mas reaparecieron tu credo y el mío y chocaron como naves en el aire. Nuestra fe nos separa, tu dios y mi diosa no han querido entregar su cetro. Y es así que me convenzo de que su mandato nos precede. Y es así que nos alejamos, tú en una barca de regreso al continente de lo conocido, a esa tierra que no se marcha, yo en mi asteroide migratorio de paisajes estacionales impulsada por el deseo que alguna vez desatara Doctor Fausto. Pero me voy tejiendo una canción con tus nombres que no se borran porque están escritos desde dentro, en el reverso de la piel, como emanaciones vegetales, fibras verdes para un vestido de siemprevivas y hueledenoches. Aquí vienes conmigo. Hasta la próxima vuelta.

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