martes, noviembre 13, 2012

El Vigilante



Dentro de mi repertorio de sueños sobre el fin del mundo, el que sirve de anécdota a este cuento es uno de mis preferidos. Lo publiqué aquí en el blog el año pasado, pero en julio de este año lo quité para transformarlo en cuento y enviarlo a un concurso. No gané, así que lo traigo de vuelta, más crecidito, pero con la foto original. 

El Vigilante



Cuando era adolescente solía soñar con el fin del mundo. La pesadilla ocurría en un momento semejante al atardecer. Yo aparecía a caballo, entre mis hermanos, empuñando estandartes y lanzando gritos de guerra en una llanura semidesértica. Detrás de nosotros cabalgaba un ejército de linajes aliados. No podía verlos pero percibía su fuerza empujándonos hacia el choque, escuchaba el galope de los caballos, el impacto de las armaduras. Al frente, sin atreverme a levantar la mirada a través del visillo del casco, intuía la horda enemiga: guerreros acéfalos montados en bestias, sometiendo el camino bajo sus patas. El sol teñía de púrpura las sombras. Observaba a mis hermanos de reojo, con el miedo y la alegría de los que van juntos hacia la muerte. En el instante previo al choque con el enemigo, en ese precioso segundo donde se pliega la realidad, el horizonte se tragaba el sol y un zumbido congelaba el tiempo. En los poros de mi cara vibraban las partículas de polvo excitadas por la hoz de la nada cortando el aire. Entonces despertaba.
   Durante años se repitió la pesadilla, dos y tres veces en la misma noche, como si fuera un cine con funciones de permanencia voluntaria; el mismo argumento con pequeñas variaciones. Los pasajes de aquel apocalipsis onírico envejecieron en el sótano de mi inconsciente. Iban perdiendo fuerza con el tiempo, pero se aferraban igual que las imágenes a las viejas cintas de celuloide.
  Hoy hubiera querido que mi pesadilla fuera real. Lo que nos ha pasado no es, ni por asomo, la peor de sus versiones. Comenzó hace unos quince años, cuando el gobierno destinó casi todo del dinero de los ciudadanos para montar el PSV, Proyecto Supremo de Vigilancia. Se pensaba que al monitorear cada una de nuestras acciones, el estado se ahorraría dinero, energía y, sobre todo, sangre en mantener el orden y “garantizar el bien de todos”. Se instalaron cámaras en cada esquina, en cada corredor, en cada espacio de reunión. Había micrófonos y detectores infrarrojos en las aristas de los edificios. Fuimos obligados a portar el carnet de identidad universal en un lugar visible, transitar sin él equivalía a convertirse en un criminal. El PSV resultó tan costoso que pronto se dejó de invertir en urbanización. No más parques ni edificios, no más obras públicas. Escuelas, hospitales, comunidades enteras comenzaron a funcionar de manera precaria. Todo escaseaba, la comida, el agua, el combustible. Todo, menos la electricidad. Fue entonces que se anunció el gran eclipse. El estado implementó la segunda fase del PSV, que en apariencia no era más que un censo. En un solo día, los misioneros vigilantes recorrieron el país de punta a punta, contaron a la gente, registraron las casas y se aseguraron de que en cada habitación hubiera, al menos, un foco y dos tomas de corriente. Después de hacernos las preguntas de rutina, sacaron una pistola como la que se usaba para aplicar vacunas, e instalaron detrás de nuestra oreja un chip que, a decir del gobierno, facilitaría la administración de los servicios de salud y la ubicación de las personas en caso de desastre. Quizás por encontrarnos en el sur del continente, el daño fue menos agresivo, pero el colapso global de los sistemas resultó irreversible. Quedamos aislados unos de otros. La tierra ya no fue la misma, permanecimos sumidos en una suerte de penumbra, apartados del Sol por una capa de nubes tan espesa que apenas podíamos distinguir el paso de los días. Vivíamos en un anochecer plomizo, iluminados permanentemente por la luz que venía de las farolas de la calle. El suministro de agua y electricidad a particulares estaba racionado, cada barrio tenía una hora de corriente al día, a veces menos.
   Hubo gente que no vivió para contarlo. Tal vez fue lo mejor que pudo haberles ocurrido. Los que sobrevivimos no podíamos salir del país ni alejarnos de la ciudad. Con los cambios en la atmósfera la escasez creció, se dieron saqueos, revueltas, intentos de guerra civil. Entonces el gobierno puso en marcha la tercera fase del PSV. Primero fuimos despojados del derecho a reunirnos. Los camiones que repartían alimentos cada quince días dejaron de venir. Y el Vigilante entró en acción. Nadie sabía exactamente dónde estaba o cómo operaba, sólo percibíamos sus efectos, su presencia ubicua. Su ojo intangible no sólo nos observaba sino que era capaz de escuchar nuestro diálogo interior. Era una suerte de cerebro metatecnológico, un dios monádico que viajaba en la luz eléctrica y se fortalecía cada vez que alguien tenía un pensamiento-palabra de esperanza. El chip que nos habían instalado detrás de la oreja transmitía nuestros impulsos nerviosos al Vigilante, él los clasificaba y después los convertía en energía o en arma letal, según le conviniera. A los días de hambre y miedo se sumaron las muertes absurdas. Los primeros fueron los niños y sus madres. Yo había perdido a toda mi familia en la inundación después del eclipse. Sólo quedábamos mi hermano y yo. Él era mi protector, quizás por eso el Vigilante lo aniquiló frente a mis ojos. Después de su muerte, ya no necesitaba sentir esperanza alguna. La verdad, no sé qué me mantenía aferrada a la vida.
   Cuando se entibiaba el viento y reunía algo de coraje, salía a la calle a buscar a mis semejantes; habíamos comprendido que al recitar manuales para reparar motores, series matemáticas, diálogos absurdos o viejos instructivos aprendidos de memoria, podíamos distraer al Vigilante e impedir que se alimentara de nuestros anhelos. Huérfana de esperanza rastreaba un indicio de complicidad en el rostro de los pocos transeúntes, lo que fuera para no sentirme sola. Los sitios de reunión habían sido clausurados, así que me conformaba con una mirada furtiva, un roce de manos al pasar, un gesto. Se decía que existían locales clandestinos que burlaban al Vigilante. Que estaban en el viejo puerto, adentro de los edificios que habían sido abandonados por carecer de instalaciones eléctricas o canales de fibra óptica. Yo nunca había podido comprobar su existencia, hasta ayer. Tenía que salir a buscar comida, mis reservas estaban al límite. Abrí la caja de latón que guardaba bajo la cama. Ahí estaban mis últimos vínculos con la vida. Dejé el anillo de mi madre para una emergencia, por la foto de familia no me darían nada, así que tomé el perfume de mi hermana y partí hacia el mercado negro. A cambio, obtuve dos latas de habas. Cuando estaba a punto de abandonar la zona limítrofe del puerto, vi que se abrió la puerta de un edificio. Una luz ambarina se depositó como bruma sobre el pavimento. Era una luz débil y cálida, no podía venir de una fuente de electricidad. Para ocultar mi sorpresa del Vigilante, me esforcé en recitar una serie numérica compleja. Caminé hacia la puerta y antes de que se cerrara, entré al lugar. Adiviné en el muro del pasillo algunas sombras humanas sugeridas por un conjunto de velas colocadas en el suelo. Avancé hasta el final del corredor y al doblar, encontré una fila de personas de distintas edades, todos susurrando letanías incongruentes. Aún estábamos muy cerca del muro exterior. Al fondo habían unas escaleras. No sé porqué pero corrí hacia ellas. Sabía que nadie reclamaría nada, de hacerlo nos pondrían en riesgo de ser detectados por el Vigilante. Subí los escalones de dos en dos. Llegué a un cuarto piso, quería saber a dónde llevaba la fila y por qué estaba esa gente ahí. No había luz eléctrica, sólo algunas velas en las esquinas de los descansos. Conforme avanzaba, las instrucciones y las series numéricas iban dando paso a canciones tontas, pero con cierta articulación. Hasta que llegué al séptimo piso. Algunas personas hablaban consigo mismas o en susurros, entre ellas. Cuando escuché a alguien rezar un padrenuestro, supe que había llegado a un lugar seguro, un punto ciego para el Vigilante. Me dejé caer en el último peldaño. Por primera vez en veintitrés meses, tuve el valor de llorar un poco, ahogando el sonido en el ángulo del brazo.
   El primero de la fila, un hombre de unos 60 años, me miraba con compasión. Ya no quedaba mucha gente de su edad entre nosotros, era un sobreviviente. Me limpié los ojos y la nariz con la manga raída del abrigo y a señas le pregunté "qué buscan”. El hombre sonrió y su gesto se convirtió en una caricia en mi pecho, un calor que me devolvió un poco de la dignidad perdida. Hacía mucho tiempo que nadie me hacía sentir que estaba viva, que no era una fuente de energía o una amenaza para el PSV, sino una persona. Apuntó con la mirada el fondo del pasillo. Había una puerta. Vi al viejo como preguntándole si podía acercarme. Asintió y con la mano hizo una seña: mantén la calma, despacio. Gateé hasta la mitad del pasillo y volví el rostro. El hombre hizo una carcajada muda y me indicó que podía ir caminando. Cuando me levanté y di los primeros pasos, sentí un olor a comida, comida de verdad, pero pensé que mi emoción me estaría traicionando, que mi deseo era tan grande que se anticipaba a la posibilidad de su existencia. Apreté el paso y creí escuchar una risa contenida. Se abrió la puerta, de la penumbra surgió la silueta de un par de mujeres. La más alta cerraba una segunda puerta detrás de ellas. Me hicieron seña para que me acercara y avanzaron. Al cruzarme con las mujeres pude distinguir en su cara ese rubor que pinta las mejillas después de comer y reír. También después de hacer el amor. El deseo estaba traicionándome una vez más. Pero el aroma...
   Atravesé el primer quicio y cerré la puerta detrás de mí. A un paso de distancia estaba la otra entrada. Me quedé un instante paralizada en ese cubo de un metro cuadrado. Por debajo de cada puerta, un hilo de luz, dos líneas fronterizas que dividían dos mundos. Y yo estaba en un limbo, sostenida por el olor de una promesa. Y de un murmullo, una vibración que venía del otro lado, esa energía que en otro tiempo pasaba por alto, hasta que dejó de estar; en su sitio se había instalado la maquinaria de las presencias forzadas a ignorarse. No era algo que pudiese distinguir con los sentidos, era algo que ocurría dentro de mi cuerpo, como si la corriente eléctrica que alimentaba al Vigilante cambiara su curso y despertara a mis células de un letargo. Acerqué la mano al picaporte y al tocar el metal produje una chispa. Permanecí un segundo congelada, oscilando entre el terror y la sorpresa. Finalmente abrí la puerta. Me encontré con un remanso de humanidad de quince metros cuadrados. Había gente sentada, comiendo, hablando del pasado y del futuro sin temor a que le succionaran el alma a través de un poste de luz. Una matrona de unos 50 años, otra sobreviviente, me indicó que avanzara al fondo del salón, que me sentara en una de las sillas libres. Caminé embriagada por el barullo, seducida en lo más profundo por ese aroma que antes se había desprendido del abrigo de las mujeres: el olor de lo gregario. La matrona se aproximó bandeja en mano: “¿Lentejas o lentejas?”. Soltó una carcajada mientras ponía el plato y la cuchara sobre la mesa. Le agradecí con una tímida reverencia, pero el hombre a mi lado, un barbón de ojos amables, me dio un codazo y en tono paternal me reprendió: “Cómo se dice”. Respondí ¡Gracias! con todas mis ganas. Luego miré el plato de lentejas, la espiral de vapor que subía hacia mi rostro. Por primera vez desde que había sido aniquilado por el Vigilante, pude recordar a mi hermano sin temor. "Ismael odiaba las lentejas", dije en voz alta. El señor de barba me dio un pañuelo para limpiarme las lágrimas y me miró fijamente. Nos reconocimos: era Mateo, un amigo de la familia al que no veía desde la adolescencia. Me abrazó, me consoló y para hacerme sonreír, dijo: “Ese Ismael era un mañoso, ni así se hubiera comido las lentejas”.
   No recuerdo muy bien qué fue lo que conversamos en adelante. Apenas fue ayer pero siento como si se tratara de una borrachera que hubiese durado días. Al terminar de comer, Mateo pagó mi comida y la suya con un pequeño tarro de mermelada. Cuando cerramos la puerta del comedor, justo en el pasaje límbico que nos devolvía al mundo real, me tomó firmemente por los hombros y murmuró: “Más nos vale quedarnos juntos, ya encontraremos la manera de comunicarnos y escapar”. Yo asentí sin pensarlo, sentirme esperanzada era lo más parecido a una droga. Para esquivar el control del Vigilante, salimos del edificio recitando instructivos. Dejamos atrás el puerto y fuimos internándonos hacia el centro. Mientras repasaba las cláusulas de garantía de una pantalla de plasma, me llevé la manga a la nariz para atrapar los últimos restos del olor a lentejas. Cerré los ojos y me dejé guiar por el sonido de los pasos de Mateo, que caminaba delante de mí. Un ruido ensordecedor me sacó del trance. Los altavoces instalados en los edificios comenzaron a escupir alarmas, como anunciando un bombardeo. Mateo se volvió y me tomó de la mano: “Cuenta y no pares de correr”. Mientras avanzábamos vimos a decenas de personas salir de sus casas pidiendo auxilio. En su lamento olvidaban que el Vigilante identificaba como “resistencia” cualquier petición de ayuda, y eso bastaba para ser exterminado. A los pocos segundos aparecieron en el cielo los Centinelas sobrevolando las calles, lanzando sus conos de luz encima de la gente, succionándoles todo intento de supervivencia. El Vigilante estaba aprovechando la falla técnica para aniquilar masivamente; la ciudad se convirtió en un despliegue de destellos que absorbían el alma de las personas, fortaleciendo al Vigilante de manera exponencial en cuestión de segundos. Uno a uno veíamos caer como flores marchitas a los ancianos locos de soledad, a las mujeres resecas de aislamiento,  a los pocos hombres que habían vencido la tentación de soñar despiertos, a los escasos jóvenes que aprendieron a dejar de amar el día en que se quedaron huérfanos. Eran tantas las vidas que se esfumaban a un mismo tiempo que los focos, las farolas y los transformadores comenzaron a explotar. Los Centinelas caían sobre las calles, sus aspas cortaban postes y ventanas, y luego estallaban en miles de chispas que no producían fuego. El programa de vigilancia se colapsaba víctima de su propio asedio, como si este dios tampoco supiera qué hacer con la vida de sus creaturas.
   Mateo y yo corríamos sin dejar de contar, tropezando con cadáveres y escombros. Al llegar al 1297 nos detuvimos, habíamos llegado al muelle. A nuestras espaldas se apagaba todo rastro de luz en la ciudad. En uno de los embarcaderos vimos un destello, una lámpara de kerosén. Había un grupo de personas subiendo a un bote lo suficientemente grande para albergar a los que ahí llegamos. "Uno dos tres cuatro cinco seis ocho... veintidós", me sorprendí contándonos por costumbre. Mateo se volvió y me abrazó: “Se terminó, no más números”. Nos acercamos al bote, los demás sobrevivientes nos hicieron un espacio. Los más jóvenes tomamos los remos y empezamos a movernos mar adentro. De nuestra ciudad no quedaba sino la silueta de una mole extinguida.
   Hemos hecho turnos para remar, algunos conversan y otros sólo han llorado o rezado por los que ya no están. Sé que todos sentimos un calor en el pecho, un brote tímido de fe que comienza a manifestarse. Mateo me ha puesto su abrigo en la espalda para darme algo de calor. Mi cuerpo se mece con el movimiento del bote e intento quedarme dormida, pero al escuchar el choque de los remos contra el agua, aparecen las imágenes de aquel sueño de mi adolescencia. Abro los ojos anhelando tener quince años y estar en casa de mis padres, pero sólo me encuentro con el final de esta otra pesadilla. Miro a los que me rodean, reconozco en ellos la incertidumbre y la alegría de los que escapan de la muerte. No sabemos a dónde nos dirigimos pero no parece preocuparnos. Al menos podremos pasar lo que nos queda de vida conversando, esperanzados en que tal vez haya una tierra sin dioses al otro lado del mar.

2 comentarios:

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
ecos
de
la
tarde
callada
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


COMPARTIENDO ILUSION
PENSAMIENTO VISIBLE

CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...




ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE LABERINTO ROJO LEYENDAS DE PASIÓN, BAILANDO CON LOBOS, THE ARTIST, TITANIC SIÉNTEME DE CRIADAS Y SEÑORAS, FLOR DE PASCUA …

José
Ramón...

Rogelio Pineda Rojas dijo...

Es un cuento lindo, la mera verdad. Yo ya lo hacía premiado. Bueno, no importa, será para la próxima, Lux. Un abrazo.