La tierra después del miedo


No soy la única que lo ha vivido, por eso me atrevo a decirlo.

En este extremo del mundo, un hombre promedio elige a su esposa bajo el criterio de la dote simbólica: ventajas raciales, sociales e incluso laborales que ella representa para que él reafirme su valía y virilidad ante los ojos de los patrones –dios, jefe, padre, ídolo, eslogan publicitario–. No pueden ser fieles a su corazón, tienen puesta su lealtad en un mandato del que ya no se habla, pero que está vigente en la memoria colectiva. Y es tan eficaz que muchas hemos soñado con ser elegidas. 

Los anhelos del corazón del hombre han sido desterrados, desplazados a un mundo secundario e ilegítimo a los ojos del amo. Ante él, un hombre debe ser un soldado, un siervo que contribuye a aumentar el poder del rey y de su corte. Y eso incluye la elección de una chica "adecuada", es decir, que tenga una dote simbólica que no contravenga lo que el patrón considera útil.

Pero los anhelos del corazón de un hombre no mueren. A veces toman la forma de la melancolía, a veces se disfrazan bajo el traje del deber ser. A veces resurgen torcidos y descargan su ira en las amantes que les recuerdan la libertad a la que han renunciado.

Esos hombres viven con sus lealtades divididas, entre dos universos aparentemente irreconciliables, entre el deber y el querer. 

Yo me enamoré varias veces de hombres divididos. Son encantadores y bien interesantes. Pero no fui elegida. Las mujeres como yo no pensamos que somos un botín o una dote simbólica; amamos a las personas, no calculamos las ventajas. No es que los hombres nos tengan miedo, simplemente no somos adecuadas, útiles. Yo soy demasiado inquieta y no sirvo para ofrenda. Cuando un hombre dividido está con una mujer como yo, está en peligro. El amo, tarde o temprano, va a darse cuenta de que algo está cambiando en ese siervo. Antes era tan fiel y productivo, ahora empieza a pensar en ser independiente y el amo, obviamente, va a retirarle los privilegios otorgados. Eso, no los culpo, debe producirles mucha angustia.

Es poco probable que un hombre dividido renuncie a las ventajas que le otorga este sistema. Para las mujeres ofrenda hay "ganancias" secundarias que saben a consuelo, pero que dejan un rastro amargo en la memoria. Hombres divididos y mujeres ofrenda son mayoría en el pedazo de mundo en el que vivo. Los pocos que siguen a su corazón suelen caminar encubiertos para no ser tildados como "detractores". 

Yo necesitaba reconocer que había sido educada no para elegir sino para ser elegida, mujer ofrenda que pone su energía al servicio del patrón. Al darme cuenta, el despertar fue inevitable. Cuando abrí los ojos, pasé mucho tiempo peleando por un lugar, sin darme cuenta de que mi lucha por un espacio alimentaba el apetito bélico de los patrones. Siempre que he peleado, he perdido –ellos tienen más experiencia haciendo la guerra–. Y cuando  simplemente he fallado, los costos de vida han sido altísimos –he hablado de esto con muchas mujeres que también lo perciben así–. Es duro reconocer que ellos diseñaron las reglas en las cuales estamos inmersas, y sus reglas siempre los favorecen.

Qué absurdo era mi intento, pero tenía que experimentarlo. Ahora vuelvo al primer despertar para preguntarme dónde voy a poner la energía acumulada durante tantas generaciones. Sé que quiero usarla para construir un mundo más amoroso que éste, porque estoy cansada de tanta mezquindad.

Lo primero. Señores, rindo mis armas, quédense con la tierra y con las mujeres que quieran ser elegidas. Yo me voy. Ya quise transformar el sistema desde adentro, ya puse en evidencia el mecanismo –mira, ésta es la cadena imaginaria, la llave se perdió hace mucho, pero ésta es la puerta de salida–. Ya no importa si conseguí cambiar la vida de los demás. Ya entendí que se trataba de liberarme a mí misma en el proceso. Ya estoy lista. 

Soy la mujer adecuada para mí, siempre lo había sido. Me elijo a mí misma. Me voy a otra tierra donde la dualidad no es un pretexto para la división, sino el fundamento de la cooperación y la razón de la complementariedad. No es un sitio utópico, sé que existe y que acoge compasivamente la imperfección, el transcurso del tiempo y la poesía. Ese lugar existe dentro de mí y dentro de otros. Claro que hay problemas, pero al menos son propios y se resuelven desde el corazón. En esa tierra interior, la vida bajo el mandato de los patrones es un viejo recuerdo, una leyenda negra para que los niños sepan qué es el miedo.

Comentarios

Almendra dijo…
Tus palabras suelen ser como una luz que ilumina un camino hacia dentro de mí que tenía ignorado.
Gracias por leer, Almendra. No estamos solas en el camino.
Psique dijo…
Muero de amor ❤️ Que verdad del corazón guerrera del alma ✨