En las democracias de primer mundo la fila tiene la forma de un flagelo, de un hilacho -de ahí el nombre- que avanza. En México, contradictoriamente al término, la fila es un espejismo de orden: los hay con forma amiba, de embudo, de cráneo de siamés y de caracol, entre otros. Curioso es que nadie sea capaz de levantar la voz y pedir a tanto impaciente que se coloque uno detrás del otro, para qué empujarnos si de todos modos vamos a pasar. Pero nadie quiere ganarse la enemistad de los demás en nombre de la civilización. Porque civismo, civilización, valor cívico y los demás términos de este campo semántico no significan lo mismo para nosotros que para los alemanes, por ejemplo. En México nos gusta hacer la antifila, sobarnos, bañarnos de olores, abochornarnos del nivel de ciertas conversaciones y reírnos de chistes que luego contaremos en alguna reunión. ¿Por qué hacer algo tan aparentemente absurdo como la antifila? La explicación menos pesimista que encontré es que si estamos concen...