Me llena de placer que la aldea se vaya llenando de mujeres. Todas acudimos a este espacio conquistado por nadie y encontramos oidos con pendientes y zapatos que van tomando formas redondas y cálidas. Una casa junto a la otra, huertos comunes, jardines abiertos, libre circulación, palabras pócimas, imágenes flores, herencias de abuelas, corazones hilvanados listos para reventar de nuevo. La jardinera de esta choza se ha decorado con tres flores nuevas este año: Lucy, Anapola, Gabis, y otros tantos descubrimientos, femeninos todos. Siento un orgullo nuevo y también la pertenencia a algo, un cierto arraigo en esta práctica. Mi día no está completo si no escucho sus voces. Y me gusta pensar que a pesar de las bombas, las hambrunas, los multifamiliares y otras aberraciones, hay costumbres que perviven. Esto de hablar entre mujeres no se puede planear, no se puede impedir. Nuestros hábitos interiores, nuestros contratos, son invisibles, atemporales. Quiero pensar que nuestras abuelas histór...